sábado, 8 de agosto de 2009

Locuras; locuras por amor.

Vivían su cuento de hadas entre ruinas de castillos. Vivían hundidos en la niebla de paisajes malheridos, desafiando a las leyes de la Tierra y hasta el paso de los años. Quisieron conservar la llama avivada por los besos. Creyeron que sería infinito, que aquello sería eterno. No pensaron que es difícil resistir sin el cielo como aliado y, entre los bosques de toda ansiedad, encontraron las ramas donde cobijar esas palabras grabadas en piel que ni viento ni lluvia hicieran caer. Quédate a mi lado hasta que el cielo y el mar funden su horizonte en toda su inmensidad. Abrázame fuerte y que la luna y el sol detengan el tiempo en un eclipse de amor. Su cuerpo se marchitaba sin que nadie hiciera nada, se apagaba aquella llama, sus alas ya no volaban y luchaba contra el miedo que incesante la comía las entrañas. En el pueblo les recuerdan como locos poseídos, encerrados en un mundo sin haberlo elegido, desterrados a una vida que era impropia para los seres humanos. Acabó sus días metido en un manicomio, loco por amor, loco por no entender del todo que la ciencia no le diera una esperanza a su amada ahora muerta.

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